El Retorno y la indomable voluntad de los ibarreños

Es el 15 de agosto de 1868, día de fiesta. En Ibarra, se realiza una celebración religiosa que deriva en una algarabía de danzantes, saraos, pólvora y polleras al aire. Por la mañana se ha sentido un leve temblor que, en El Ángel, ya ha destruido a medio poblado.

La Tragedia

A la una y cuarto de la madrugada, del domingo 16 de agosto, se escucha el tremolar de la tierra. En tres segundos, según refieren los cronistas, la bellísima Villa, como la conocían en la Colonia, es arrasada por uno de los terremotos más violentos que se tenga noticia, en un territorio donde las fuerzas telúricas no pactan con los dioses y se enfurecen cuando quieren.

Apenas seis días más tarde de la catástrofe se ha podido auxiliar a las víctimas, muchas de las cuales han muerto por el abandono. 20.000 personas han perecido en toda Imbabura, de las cuales aproximadamente 5.000 son de Ibarra, que tenía una población de 7.200 habitantes, además de Otavalo, Cotacachi, Atuntaqui y las pequeñas poblaciones donde huyen despavoridas de este fenómeno de la Naturaleza.

El Gobierno de Javier Espinosa designa a uno de los personajes más notables y polémicos de finales del siglo XIX, como jefe Civil y Militar de Imbabura: Gabriel García Moreno, para aliviar a las poblaciones devastadas. En Caranqui, que no ha sufrido destrozos, escribe una carta a los habitantes de Imbabura: El horrible terremoto que ha arruinado vuestras antes florecientes poblaciones, sepultado en sus escombros a la mayor parte de vuestros deudos y amigos, no es la única de las espantosas calamidades que la cólera del Cielo, justamente irritado, ha derramado sobre nosotros.

La desnudez y la miseria a que esta catástrofe ha reducido, y sobre todo la nube de bandidos que se ha lanzado a buscar en el robo una infame ganancia, han puesto el colmo a vuestros desastres y convertido esta hermosa provincia en un vasto campo de desolación y muerte, de lágrimas y delitos (…)

Los estragos horribles del terremoto del 16 han sido agravados por la conducta de las autoridades principales de esta provincia y por el estado de hostilidad y rebelión de gran parte de la raza indígena, alentada por la debilidad y miedo de los que debieron reprimirla.

Se refiere a las acciones de comunidades indígenas que, al grito de “Viva Atahualpa”, se ensañan con los indefensos ibarreños, al igual que varios mercaderes que sin escrúpulos, -como parece ser su norma en tiempos de crisis- especulan con los productos.

Pero, además, hay que encontrar una explicación de los motivos del sismo, pero no en la tierra donde se ha producido, en algo etéreo.

Desde esa religión que llegó con el sentimiento de Culpa, montado en carabela, como las profecías del cura Jibaja, hay una solo explicación para la catástrofe, “después de las ruidosas diversiones que en las pequeñas ciudades y aldeas del país suelen profanar de modo tan repugnante las festividades eclesiásticas”.

El jesuita y vulcanólogo Joseph Kolberg, traído por García Moreno, y que ha refutado a su compatriota Alexander Von Humboldt, continúa:

“Todo esto era muy propicio para interpretar la repentina catástrofe, después de la alegría del día anterior, como un grave juicio de Dios. La implacable y fuerte mano del Juez eterno aprecia detenerse en esta infortunada ciudad”. Y sigue: “¿Fue el terremoto de Ibarra un juicio de Dios que debió herir a una raza pecaminosa con su vara, porque ella era incurable?”.

Encuentra una explicación, que ni el loco Sandoval de Otavalo habría desentrañado: “¡Compárese con esto la guerra de 30 años en Alemania, la gran expedición militar de Napoleón, y las múltiples batallas sangrientas! Están lejos de la altiplanicie las grandes enfermedades europeas, como la tisis, el cólera, la viruela, enteramente desconocidas aquí. Pues, cuando en un país hay muy poco de un dolor, ya se cuida Dios de que haya tanto más de otra suerte de dolor”.

Pero los ibarreños aceptan esa maldición de ser felices. Por eso, deciden acampar en la provisional La Esperanza, donde aguardan el momento de regresar a su urbe amada. No falta el presbítero, Manuel Páez, para exhortarles a los sobrevivientes la penitencia y la oración, como medios para aplacar la ira de Dios.

Y allí, García Moreno “desplegó su genio creador y organizador”, como reconoce su rival Pedro Moncayo y Esparza, aquel ibarreño liberal combativo que batalló también con la ignorancia, y donó parte de su fortuna para la primera escuela de niñas ibarreñas.

La Solidaridad

La ayuda llegó generosamente de varios gobiernos amigos, como Perú, que entregó, además, de más de 40.000 soles, un empréstito amortizable de un millón de pesos, por 25 años; Chile entregó 50.000 pesos; Francia, 20.000 francos; Gran Bretaña 5.500 libras esterlinas; el Presidente de la República donó 200 pesos, y el futuro reconstructor de Ibarra, García Moreno, entregó 500 pesos, además de un esfuerzo infatigable hasta que sufrió un derrame cerebral, por lo que tuvo que abandonar su cargo, pero una vez como Presidente, 1872, sería clave para el reasentamiento de la urbe.

En sesión extraordinaria, el Municipio de Tulcán, decidió acopiar recursos voluntarios, que produjeron 111 cargas de papas, 23 reses y 23 pesos en dinero; Esmeraldas 2.036 pesos; Guayas, 2.500 pesos; Pichincha, 8.309 pesos; Tungurahua, 590 pesos, Chimborazo, 669 pesos, y la lejana Loja 1.014 pesos.

El médico colombiano, Francisco Antonio Vélez, se negó a cobrar sus honorarios y donó al hospital de Caranqui, porque “como colombiano, es decir, como hermano del Ecuador, tengo con este país no sólo deberes de humanidad sino de patriotismo (…) porque me parece vergonzoso venir a luchar con los sufrimientos, y las lágrimas de tantos que padecen, y a ganar dinero sobre las ruinas de ciudades que fueron”.

El Retorno

Largos años vivieron los ibarreños en Santa María de La Esperanza. De cuando en cuando, volvían a su amada tierra y, aunque los ánimos estaban divididos, resolvieron el reasentamiento en el mismo lugar. Nuevamente, el ímpetu de García Moreno, entonces Presidente de Ecuador, es decisivo.

En su primera llegada, ya había decidido el trazado en damero de la nueva ciudad, desde la esquina de un coco sobreviviente, y con calles amplias de 13 metros de ancho, como era la fisonomía de las nuevas ciudades modernas, que García Moreno había conocido en sus viajes a Europa. Por eso, la dirección para delimitar la nueva urbe está a cargo del ingeniero Arturo Rodgers, y de 30 entusiastas jóvenes ibarreños que son enviados a Quito para perfeccionarse en estos oficios.

Así, desde el 13 de abril de 1872, al cabo de cuatro años del suceso, comienza el retorno de los ibarreños desde La Esperanza. “Entusiastas caravanas van cumpliendo la orden de retornar; unas, la mayoría, a pie; otras, a caballo; los enseres a lomo de mula, y en carretas haladas por yuntas de bueyes, las cargas más pesadas, que van lentas pero más seguras.

El 28 de abril, un nuevo domingo y fiesta de la Virgen de las Mercedes, “se bendice a la ciudad y a nuestra cara patria”, según informa el Gobernador, Juan Manuel España. El canónigo Mariano Acosta, proclama un emotivo discurso: ¡Ibarra! Patria mía, levántate del seno de las ruinas, y la diestra del Altísimo te embellecerá. Tus calles serán espaciosas y pobladas. Tus plazas hermosas y afluidas de gentes de los mares. Un ángel de Dios velará en las alturas de tus Andes, para contener los desenfrenos de la Naturaleza; y dejará el horizonte al amanecer de los felices días que te esperan.

Por su parte, José Nicolás Vaca, que estuvo durante los cuatro años en La Esperanza, dice que esta fecha de 1872 tiene un significado similar a la fundación realizada en 1606, auspiciada por Miguel de Ibarra, cuando pensaba que “por dicho paraje abrir el camino más breve para Panamá”. Ibarra, nuevamente, da la espalda al mar, pero no por largo tiempo. No falta mucho para que el sueño de la llegada del tren alborote a los ibarreños de inicios del siglo XX.

Fuente: http://www.radioiluman.ec

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