La ‘niña de los calderos’ ronda la Fábrica Imbabura


eltelégrafo.com.- No hay uno sino varios testigos de hechos que no tienen una explicación lógica. Todos los relatos coinciden en un aspecto: en la Fábrica Imbabura se escuchan ruidos y se observan siluetas de personas cuando el inmueble está cerrado al público. Los guías, también llamados mediadores, están bastante cuerdos y, sin temor a que otros piensen lo contrario, aseguran, de forma unánime, que en este lugar, donde surgió la industria textil en el cantón Antonio Ante, hay “ciertas presencias” que le confieren un aire de misterio a este sitio que funcionó entre 1927 y 1982.

Esta fábrica —como señalan los pobladores de Atuntaqui— fue el germen de la industria textil de esa región imbabureña. Este lugar, de 10 mil m² fue sometido a un proceso de rehabilitación e inaugurado más tarde como Complejo Fábrica de Imbabura Empresa Pública.

Las nuevas instalaciones comprenden 4 áreas de museo: la Sala Histórico-Cultural, la Sala de la Industria Textil, la Sala Interactiva de Nuevas Tecnologías y la Sala del Sindicalismo. En la primera está incluida la zona de los calderos, el sitio donde varias personas han constatado la presencia de una niña.

Fabián de la Torre, oriundo de la parroquia rural San Roque, en el cantón Antonio Ante, y guía de este lugar, relata que esta pequeña, según los testimonios de gente de la zona, ronda por las noches la Fábrica Imbabura. La llaman la ‘niña de los calderos’, porque es en esta sala donde supuestamente aparece. Esta niña, cuya edad no sobrepasa los 8 años, al parecer sufrió un accidente en la fábrica, según cuentan los habitantes de la localidad. “Mucha gente considera que es algo sobrenatural. Yo trabajo aquí hace más de 2 años y no la he visto, pero otros compañeros sí”, comenta.

Diana Ramírez, mediadora, dice que hace algunos meses, los equipos electrónicos sufrieron algunos desperfectos: se encendían y se apagaban sin razón alguna. La explicación lógica —dice ella— es que las máquinas estaban dañadas, pero sus compañeros aseguraban que “ninguna computadora se enciende y apaga sola”.

Todos los equipos fueron sometidos a una revisión exhaustiva en un centro de cómputo especializado y tras la evaluación de rigor, los especialistas concluyeron que se encontraban en perfectas condiciones. Al revisar las instalaciones eléctricas de la fábrica se percataron de que ciertas conexiones no se encontraban en buenas condiciones.

Según Diana, esa fue la explicación que encontraron los especialistas para tranquilizar a guardias, mediadores y otras personas que trabajan en este sitio. “Había una explicación técnica y a esa nos acogimos todos, después de pasar varios sustos”, comenta Diana, una joven imbabureña. Ella cuenta que no todos los visitantes de la fábrica quieren permanecer a solas en las salas. Recuerda que en una ocasión, una señora salió corriendo de una de las salas porque aseguró haber visto a una de las mujeres que aparecen en un retrato de esta fábrica.

La mujer era una de las obreras, ya fallecida, que fue contratada precisamente para la zona conocida como la hilatura. La foto en la que ella aparece es una gigantografía en blanco y negro. Su rostro llama la atención, porque tiene ojos grandes que parecen seguir a los visitantes con la mirada.

. “Hay niños que salen con malestares del área de los calderos”, dice Henry Melo, otro de los guías, quien asegura además, que en las imágenes que muchos visitantes captan con sus celulares durante su recorrido aparecen sombras, siluetas y luces inexplicables.

El guardia Víctor Campaña comenta que en varias ocasiones ha escuchado pasos y el sonido de puertas que se cierran. “A partir de las 18:00 suenan las máquinas, en especial, en la zona de los calderos. Uno sí se asusta, porque allí no hay nadie”. La mayor parte de empleados eran mujeres. Según los registros históricos, hace 90 años, cuando la fábrica empezó a funcionar, se contrataba a mujeres con dedos delgados porque tenían una mayor habilidad para tomar los hilos. Diana Ramírez dice que el mejor año de la fábrica fue en 1945.

En ese entonces, trabajaban 1.200 personas, distribuidas en 2 turnos. Esta fábrica vivió una época de prosperidad La Fábrica Imbabura vivió 3 décadas de apogeo, en las que se convirtió en un referente de la provincia. Además de los textiles, la factoría también era propietaria de la radio La Voz del Obrero y uno de sus locutores fue Jacinto Cadena.

Luis Humberto Espinosa ingresó como obrero a esta empresa durante la Administración de Otto Seifir, (1929–1962), años en que la fábrica producía a su máxima capacidad. Poco tiempo después, la dirección de la textilera pasó a manos de Araujo Luna, quién duró poco tiempo en el cargo. En 1963, llegó desde España José Villageliu, quien se desempeñó como administrador.

Espinosa recuerda que desde la administración de Villageliu comenzó el declive de la empresa, pues las telas comenzaron a reducir su calidad. El resultado era el previsible: las ventas bajaron, y la excesiva producción que no se vendía, se deterioraba dentro de las bodegas. En consecuencia, se redujo el horario de los trabajadores, y de los 2 turnos que cumplían, únicamente permaneció el de la mañana, que contemplaba alrededor de 4 horas. Quienes laboraban en estas condiciones percibían un sueldo aproximado de 130 sucres a la semana.

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