La tradición de los 50 mil hombres que una comunidad de Antonio Ante mantiene viva


El silencio es interrumpido por el sonido de los churos y cuernos.

De pronto desde la comunidad El Cercadito, ubicada en el cantón Antonio Ante, empiezan a salir los danzantes. En el ambiente retumba el taz, taz, taz. Es el baile de los 50.000 hombres.

Están vestidos con pantalón y camisa blanca, chaqueta negra, azul marín o verde oliva, gorra de policía, militar o casco, pañuelos de colores, botas de cuero y suela rústica. Un traje que vuelve su apariencia imponente.

Una tradición legendaria que se repite cada año durante las vísperas de San Pedro. “Según nuestros antepasados esta tradición tiene más de 520 años”, recuerda Ángel María Imbaquingo, uno de los líderes de este grupo. Y aunque no precisamente son 50.000 en número, sí se cuentan por centenares los participantes de la larga jornada, que empezó a las 21:00 de este jueves 28 de junio.

Calcular el número de bailarines resulta imposible, pues conforme avanzan, en el trayecto se van sumando más personas. Mientras tanto esperan junto a una fogata rindiendo culto al Santo de su devoción. “Viva San Pedrito”, es el grito al que responde la multitud: “viva”.

El suelo tiembla, la piel se eriza y la alegría contagia. La jornada del baile es larga, porque dura 20 horas. Sí, seguidas. Durante este tiempo los danzantes recorren El Cercadito, Tierra Blanca, La Ciudadela, El Rancho, San Francisco de la Comuna, Pilascacho… barrios y comunidades del cantón Antonio Ante. La comida y la bebida no faltan, porque sin abastecerse, no hay cuerpo que aguante a este ritmo.

Al llegar a un sector diferente la ronda se arma. Se forma un gran círculo y el sonar de los instrumentos como la guitarra, la armónica y el bandolín, pronto es superado por el unísono taz, taz, taz. Hasta que don Ángel María pide silencio: “basta, basta, basta”. Entonces se vuelven a escuchar los churos y cuernos. Es la convocatoria a nuevos bailarines y a mantener el orden.

Con un conjunto cada vez más numeroso, el grupo de los llamados 50.000 hombres retoman el zapateo, el compás es diferente al resto de comunidades indígenas, tiene un son, que de por sí, se convierte en melodía. Y avanzan, hay un nuevo barrio o comunidad que los espera.

Aunque predomina la presencia masculina, hay mujeres que también se suman. Algunas incluso visten como los hombres y su estampa no es menos aguerrida, por el contrario, hacen honor a su posición como compañeras.

Este año el ritual tuvo un matiz especial. Lugo de 46 años de ser el ‘patrón’ de los 50.000 hombres, por su delicado estado de salud, Ángel María cedía el bastón de mando a un nuevo líder, don Camilo Limaico. “Vamos a mantener esta práctica, siempre unidos”, fue el mensaje al iniciar su primer año de dirigencia, pues aunque se han manejado en bajo perfil, su impresionante puesta en escena ya recorrió las redes sociales, causando asombro en quienes aún no la conocían.

Para su fortuna, el peso de esta costumbre ancestral no recae solo sobre sus hombros. Detrás de él están nuevas generaciones. Niños y jóvenes que cultivan la tradición que cayó sobre suelo fértil. Mateo Matango es uno de ellos. De sus siete años de edad, lleva tres bailando en las vísperas de San Pedro. “Me gusta y pongo todas mis fuerzas”, asegura mientras espera la llegada de los danzantes en la gruta de Tierra Blanca.

Aquí no hay espacio para las riñas. “Ya saben, están prohibidas las peleas, también hay que ir llevando a los compañeros que ya no avancen”, advierte don Ángel María al iniciar la travesía. Piensa que para él, esta podría ser su última zapateada. Pero dice que “mientras el de arriba no le baje el pulgar”, seguirá guerreándole a la vida, arrancándole hasta el último taz, taz, taz.

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